¡Calor!
Eran las cuatro y veinte de la tarde. Un fuerte calor nos hacia sudar en todas partes. El “Tour” en la tele hacía pasar los paisajes de la Galia con prisas de pedales y colores de serpiente cambiante.
Pablito se aburría viendo escribir al abuelo y cotilleando lo que podía.
No era su día, porque el día anterior le habían prohibido bañarse en las piscinas por la mañana para que se le curase la herida de la pierna derecha. Incluso le habían obligado a dejar la toalla en el “Linar” para impedirle el baño, pero como si nada. Cogió la bici y se fue a las piscinas.
Allí estaban en el agua, jugando felices todos los demás: Lucía, Claudia, Roxi, Kira y Henar. Los mayores también estaban allí, pero desconocían la prohibición, por eso no había impedimento ya que el abuelo se había quedado en casa con Millán, a quien había castigado su madre por cargante, y le había dejado sin ir al río.
Después de jugar un rato a la sombra en el “Linar” el abuelo salió con Millán a dar un paseo por el pueblo y ver al tío Santi.
Hacía tanto calor que decidimos volver a casa.
Al poco rato vino mamá a por Millán y se lo llevó a Ceguilla. Había cumplido su castigo. Después llegó Pablito sin el apósito que le había colocado el abuelo para proteger la herida y tuvo que reconocer su desobediencia, por lo que el abuelo dijo que le iba a curar de nuevo y el apósito tenía que durar hasta la tarde del día siguiente, así que esa tarde no se podía bañar.
Pensaba Pablito: “Que culpa tengo yo de haberme bañado, si los demás estaban jugando en el agua. Ya estuve un buen rato en la orilla, pero no es lo mismo, dentro, con el balón se pasa mucho mejor. Y, además, a la herida no la pasa nada. Esto es una injusticia”
No obstante prometió no bañarse por la tarde y conservar el apósito hasta el día siguiente, como le había dicho el abuelo.
Comimos.
Mientras el abuelo veía las noticias, Pablito hizo el resumen de la lectura y trató de portarse bien para que el abuelo lo dejara salir pronto. Había puesto la mesa sin rechistar porque era una de las obligaciones que tenía.
Ya a las cinco, pidió permiso para salir, pero el abuelo le dijo que todavía era muy pronto y no era cosa de estar pasando calor ni de ir a molestar a nadie, que se esperase a las cinco y media y merendase. Luego ya podría salir, pero sin bañarse ni mojarse como había prometido.
A las cinco y media en punto, se comió la ciruela y se tragó un vaso de leche con cacao, cargado de galletas al no va más. Manchó el hule de la mesa y lo limpió de mala manera para darse prisa en salir, porque en el río estarían todos ya y no podía permitirse el lujo de perder un instante de juerga.
Cuando le dio permiso el abuelo para salir, le hizo prometer de nuevo que no se bañaría ni se mojaría el apósito, y es que el abuelo resultaba un poco “plasta” muchas veces. Claro que el abuelo sabía de sobra lo que iba a pasar, por eso se lo recordaba.
Cogió la bici y salió a todo gas. Le faltó poco para llevarse por medio a “La Rabiá” que le dio un bufido y se quedó gruñendo y blandiendo el bastón mientras él se perdía en la bajada hacia el río.
Cuando llegó, todos los niños estaban jugando en la piscina pequeña con dos balones inflables de esos gordotes. Estuvo un rato cogiendo los que se salían fuera y echándolos a la piscina, pero pronto se cansó de esa faena porque era muy aburrida. Pensó que era mucho más divertido jugar dentro de la piscina y se olvidó por completo de lo que había prometido al abuelo.
Sin darse cuenta se metió en el agua. Ni siquiera notó el frío, ni la mojadura del apósito, ni nada. Solo se sintió feliz. El juego era lo suyo, chapoteó, se tiró a coger la pelota, se remojó de arriba abajo, y cuando se acordó de lo que había prometido al abuelo decidió no quitarse el apósito para mentirle y decirle que no se había bañado.
Después de hartarse a jugar y de bañarse mil veces, decidieron irse al parque y jugar allí, así, si venía el abuelo no le vería en el agua.
A la caída de la tarde, salio el abuelo a darse un paseo y pasó por el parque. Allí estaban todos, el uno en el tobogán, los otros en el castillo, las pequeñas en el balancín. Pablito disimulaba subido en lo más alto del castillo.
El abuelo le llamó y él remoloneaba, porque sabía lo que iba a pasar. Tuvo que insistir el abuelo una vez más.
Por fin se acercó guardando una discreta distancia, pero el abuelo le mandó acercarse más y le pidió que le enseñase el apósito.
Y se descubrió el pastel.
Ya sabía el abuelo que Pablito era incapaz de cumplir su palabra.
También sabía que se le daba muy bien mentir, por eso cuando le preguntó porque estaba húmedo el apósito y Pablito contestó que le habían salpicado los demás el abuelo le dijo: “Descuida que mañana no te van a salpicar” y le castigó a no salir en toda la mañana.
FIN